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Maryam Meunier

@Diosteguarde

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Maryam Meunier
5 w

La madre superiora rezaba de rodillas frente al altar.

A su espalda, las novicias repetían las oraciones con una obediencia casi perfecta. Sus voces se elevaban por la capilla, suaves y acompasadas, hasta confundirse con el murmullo de la lluvia contra los vitrales.

—Santa María, Madre de Dios…

La madre superiora cerró los ojos.

Y entonces escuchó la primera voz.

La de la tercera fila no está rezando.

No abrió los ojos. Continuó moviendo los labios.

—Ruega por nosotros, pecadores…

Está pensando en otra cosa.

La superiora apretó ligeramente el rosario entre los dedos.

No debía escuchar aquello. No durante la oración. No frente a las muchachas.

Pero la voz continuó.

La novicia de la izquierda ha vuelto a sonreír.

La superiora no se movió.

La noche anterior había visto aquella misma sonrisa en el claustro. Apenas un movimiento de los labios, casi imperceptible, cuando una de las hermanas mencionó el nombre de un sacerdote.

Había sido una sonrisa impropia.

Una sonrisa que no correspondía al silencio que debía guardar una religiosa.

—…ahora y en la hora de nuestra muerte.

—Amén —respondieron las novicias.

La madre superiora abrió los ojos.

Todas tenían la cabeza inclinada.

Todas, excepto una.

La novicia de la tercera fila.

La muchacha miraba hacia el altar, inmóvil, con las manos juntas sobre el pecho.

La superiora la observó durante unos segundos.

No sintió miedo. No exactamente.

Sintió esa atención fría que la invadía cada vez que las voces le entregaban algo que podía ser utilizado después.

¿Lo ves?

La superiora bajó la mirada hacia el crucifijo.

—Señor, ten piedad de nosotras —murmuró.

No le pidas piedad a Él.

La voz parecía más grave. Más cercana.

Pídesela a las que están detrás de ti.

Una novicia tosió.

Otra acomodó las manos sobre el regazo.

Una tercera dejó escapar una pequeña risita.

La superiora levantó la cabeza.

—Silencio.

No alzó la voz.

No fue necesario.

Las muchachas se quedaron inmóviles.

Durante unos segundos, solo se escuchó la lluvia.

Entonces la novicia de la tercera fila levantó lentamente el rostro.

—Perdón, madre.

La superiora la miró con serenidad.

—¿De qué te ríes?

La muchacha negó con la cabeza.

—De nada, madre.

De nada.

La voz repitió las palabras dentro de su cabeza.

Eso es lo que dicen todas.

La superiora dejó que el silencio se prolongara.

La novicia comenzó a bajar la mirada.

—Puedes continuar —dijo finalmente.

—Sí, madre.

La superiora volvió los ojos hacia el altar.

No necesitaba insistir.

Todavía no.

—Continúen.

Las novicias obedecieron.

—Dios te salve, María…

Pero ahora las voces de las muchachas parecían venir de muy lejos.

Y la voz dentro de su cabeza comenzó a hablar al mismo tiempo que ellas.

La de la primera fila ha escondido algo debajo de su hábito.

La del extremo está pensando en abandonar el convento.

La que acaba de bajar la mirada está mintiendo.

La superiora respiró despacio.

No podía permitir que aquello la dominara.

Había sido elegida para dirigirlas. Para corregirlas. Para enseñarles que la obediencia no era una carga, sino una forma de entrega.

Y, sin embargo, cada vez que miraba aquellos rostros jóvenes, las voces encontraban algo que señalar.

Una mirada demasiado larga.

Una sonrisa fuera de lugar.

Un suspiro.

Un movimiento de las manos.

La superiora no necesitaba saberlo todo en ese momento.

Le bastaba con recordar.

La de la primera fila.

La del extremo.

La que miente.

Guardó cada palabra en silencio, como quien guarda una llave.

Una novicia volvió a reír.

La superiora giró apenas el rostro.

—¿Hay algo que quieras compartir con tus hermanas?

La muchacha palideció.

—No, madre.

—Entonces conserva el silencio.

—Sí, madre.

La superiora volvió a mirar al altar.

No había enojo en su expresión.

Eso era lo que más inquietaba a las novicias.

La ira podía comprenderse. La ira podía anticiparse.

Pero la calma de la madre superiora no dejaba ver qué había decidido.

—Basta —susurró una voz dentro de su cabeza.

La superiora continuó rezando.

No.

La voz pareció detenerse.

No basta.

Ella no abrió los ojos.

—Dios te salve, María, llena eres de gracia…

La figura apareció junto a la puerta de la capilla.

Una mujer vestida de negro.

Inmóvil.

Con la cabeza cubierta.

La superiora la vio reflejada en el brillo oscuro de uno de los vitrales.

No giró de inmediato.

Esperó.

Contó mentalmente hasta tres.

Después levantó la mirada.

La figura ya no estaba.

La superiora no cambió de expresión.

—Continúen rezando —ordenó.

Las novicias obedecieron.

Pero esta vez, cuando sus voces se elevaron, la superiora escuchó algo más.

Un murmullo entre ellas.

Una palabra que ninguna parecía haber pronunciado.

Madre.

La superiora mantuvo los ojos sobre el altar.

—¿Quién ha dicho eso?

Las novicias guardaron silencio.

La lluvia seguía golpeando los vitrales.

Entonces, desde el fondo de la capilla, una voz respondió:

—Todas, madre.

La superiora se volvió.

No había nadie.

Solo las novicias.

Todas de rodillas.

Todas con la cabeza inclinada.

Todas rezando.

La superiora las observó una por una.

No intentó descubrir cuál había hablado.

No necesitaba hacerlo.

La voz había dicho todas.

Y ella sabía que, tarde o temprano, cada una le entregaría algo.

Un secreto.

Una culpa.

Una debilidad.

La superiora volvió lentamente hacia el altar.

—Pueden retirarse.

Las novicias levantaron la cabeza.

—¿Madre?

—He dicho que pueden retirarse.

Comenzaron a levantarse con torpeza. Algunas se persignaron. Otras recogieron sus rosarios.

La superiora permaneció de pie frente al crucifijo.

Escuchó sus pasos alejarse.

Esperó hasta que la última novicia cruzó la puerta.

Solo entonces abrió la mano.

El rosario había dejado una marca roja en su palma.

La contempló durante un instante.

Después cerró los dedos.

No estaba perdiendo la razón.

No permitiría que nadie lo pensara.

Las voces podían hablar cuanto quisieran.

Ella no les respondería.

Ella escucharía.

Recordaría.

Y esperaría.

Porque una pantera no se lanza sobre su presa cuando la descubre.

La sigue.

La observa.

Aprende dónde duerme, cuándo se distrae y qué camino toma para regresar.

Y cuando finalmente ataca, la presa ya no comprende de dónde ha venido el golpe.

La madre superiora apagó una de las velas del altar.

Después la otra.

Y salió de la capilla con el mismo paso sereno con el que había entrado.

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Maryam Meunier
3 D

El payaso infernal me dejó en visto...

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PENNYWISE

1791091179
Dejaré que me dé latigazos hermana, fui un mal amigo.😓
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Maryam Meunier
1 w

Ese payaso del diablo ...

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채원

1790495735
¿Qué pasó? ¿Qué hizo?
2 Respuestas

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Maryam Meunier
3 w

Yo nada más entro y reparten regaños...

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PENNYWISE

1789797633
Hermana venga y tomese un shot.
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Maryam Meunier
4 w

Señoritas que estén interesadas en ser parte del Convento San Agustín, pueden enviarme un mensaje, Monseñor McKellen aclarará todas sus dudas respecto a la trama.

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Maryam Meunier
5 w

Espero nunca ver 🐻🧸 por aquí.

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Tooru Yoshikage

1788591424
Es rolplay, los groomers están a la orden del día. Lo que deberíamos hacer como comunidad es primeramente impedir el ingreso de menores y de no hacerlo, velar por su bienestar, es imposible separar el rol de los groomers, es un asco, pero es la triste realidad.
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