La caminata hacia el apartamento de Alessandro había sido el recorrido más largo que había hecho en su vida. Apenas si podía ver por la hinchazón de sus ojos, llevaba el labio y las cejas partidos, golpes y moretones por doquier, incluso su mano se aferraba a su abdomen que se contraía en espasmos por el dolor que le causaban las heridas. Todo eso poco le importaba al francés, incluso sentía que era poco comparado con el dolor que traía por dentro.
Tocó el timbre varias veces con su mano temblorosa que aferraba un cigarrillo ensangrentado hasta que el casero finalmente abrió la puerta.
"Monsieur Mitchell ¿Qué le sucedió?"
— Un corazón roto, Sebastian. Y no me corrijas, todos los mayordomos se llaman Sebastián.— Entró a la departamento apartando al casero y tambaleándose. Necesitaba encontrar a Alessandro, cargar su cuerpo mal herido en el, lamentarse y culparlo para sentirse mejor consigo mismo. (?)
Alessandro Lisandri
Alessandro descansaba sobre la comodidad de su sofá. Sin computadora. No había papeles. Esa noche eran solo él, el licor en su vaso y, claro
¿Por qué no?
— Jem. —más que un murmullo, cualquiera diría que se trató de un quejido.
No había excusa, pues en su mente, el chico habría llegado ebrio de nuevo. Contando alguna de sus alborotadas anécdotas.
Sin duda Alessandro acertó. La sorpresa vino de lo mucho que lo hizo.
Cuando lo vio, sus ojos se quedaron clavados en el otro. Analizó en cuestión de un segundo cada herida, llegando a una sola conclusión.
— ¿Quién y por qué?
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